29.8.13

"Romanticismo" de Manuel Longares.


Con "Romanticismo", el autor madrileño Manuel Longares se lanza a un desafío propio de otros tiempos: capturar con lujo de detalles un universo, el de la burguesía franquista del madrileño barrio de Salamanca, y su evolución histórica a lo largo de dos décadas, desde la muerte de Franco hasta la primera victoria del Partido Popular.


Los protagonistas se reparten en tres generaciones: Hortensia, una gran señora del barrio que esconde secretos inconfesables bajo el régimen; su hija Pía, señorita pija redomada; el marido de ésta, José Luis, rico heredero amante de coches; Santos, el encargado de llevarle las cuentas a José Luis, que heredó a su vez el puesto de su padre; Monjardín, hijo de un proscrito por el régimen, socialista en ciernes y romántico enamoradizo; y finalmente la hija de Pía y José Luis, Virucha, pija también, pero de otra generación, más libre en apariencia pero en el fondo encerrada en la misma lógica, el mismo mundo asfixiante de sus padres y de su abuela.

Una novela coral, pues, que pasa de un punto de vista a otro y se esfuerza por que los aceptemos todos. Y sin embargo, el tratamiento de los burgueses que son el centro de la novela es despiadado, cruel a veces, casi siempre cómico y distanciado, lo que impide que nos identifiquemos con sus problemas y hace que los veamos como pobres títeres en manos de una lógica social implacable. Con los personajes que no pertenecen a ese mundo, Longares es más benevolente, hasta el punto de que tiende a idealizarlos o a dejarlos en un esbozo de personaje de carne y hueso.

El empeño de Longares por realizar un pormenorizado retrato social del barrio bajo el franquismo y durante la transición trae a la memoria los novelones realistas decimonónicos, de Balzac a "Clarin". Esa obsesión nos brinda las mejores páginas del libro, que llegan a ser sublimes, por la detallada explicación de las reglas no escritas del barrio, desde la relación entre amos y sirvientes hasta la preparación del veraneo en la sierra. Parte de la fuerza de estos pasajes del libro es que no están exentos de un regusto proustiano, de regodeo de los sentidos, en particular en la descripción de las interminables tardes vacías del franquismo, de la luz del atardecer o de los pasteles del barrio. Anclada en estas descripciones, Longares nos hace llegar una revelación sobre la señora Hortensia que cambia nuestra visión del personaje y de su vida y que resulta desgarradora de compasión y empatía, al contrario del tratamiento reservado al resto de personajes burgueses.

La pasteleria Viena Capellanes tiene un papel importante en el libro.

Sin embargo, cuando sale de ese marco riguroso, la novela patina, sus intenciones se dispersan y el lector se queda a ratos con la borrosa impresión de una obra huidiza, que no acaba de decidirse por un camino. Algunos tramos, sobre todo en la descripción de las bandas de falangistas a la muerte de Franco o al plasmar el horror de la alta burguesía por la llegada de las masas democráticas, parecen renegar del realismo y se acercan más bien al esperpento valleinclanesco. Otros capítulos, sobre todo hacia el final, al describir el desencanto de la democracia, se caracterizan por unos curiosos vuelos liricos que quedan ahí suspendidos, bellos y enigmáticos, como un punto y coma poético, sin verdadera relación con el resto. Más preocupante, en la descripción de los cambios de costumbres morales, Longares cae en clichés manidos sobre las fantasías sexuales de las mujeres de la alta burguesía y no encuentra mejor modo de transmitir ese deseo de cambio que una burda proposición de intercambio de parejas que cae en saco roto.

De ahí el regusto amargo que deja este libro admirable. Por un lado, el empeño de la descripción pormenorizada, que nos sumerge en un universo literario de gran fuerza; por el otro, el distanciamiento permanente, la mezcla de intenciones y estilos, la pretensión de abarcar demasiado sin realmente profundizar. Todo ello hace que la novela vaya perdiendo fuelle a medida que se acerca al final y que se cierre con cierta pereza, como si Longares hubiera decidido que tenía que llegar hasta 1996 sin tener realmente mucho que decir y hubiera tenido que emborronar paginas como los niños que rellenan con los gruesos trazos de sus lápices de cera las precisas siluetas que han dibujado.

1 comentario:

Soldadito Marinero dijo...

Podrías publicar un post con tus favoritos quizá, vendría bien, a un amante de Stoner hay que seguirle la pista... ;) O si te pasas por mi blog y me los dejas como comentario te lo agradezco.