6.11.09

Unas palabras de Claude Levi-Strauss.

Ha muerto a los 100 años Claude Levi-Strauss, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y en la prácica fundador de la etnología. No soy un especialista del tema, pero leyendo unas declaraciones suyas al diario Le Monde en 1979, he encontrado ecos interesantes de los temas que trataba en mi post anterior, comentando el libro de Reyes Mate, "La herencia del olvido". Ahí escribí: "Personalmente, siempre he estado convencido de que hay un hilo conductor que lleva del racionalismo de la Ilustración hasta los campos de exterminio".


He aquí las palabras de Levi-Strauss, que traduzco personalmente (pido perdón por la calidad del texto, nuca he sido demasiado paciente para la traducción):

"Se me ha acusado con frecuencia de ser antihumanista. No creo que sea cierto. Sí que me he rebelado contra algo que veo como profundamente nocivo: esa especie de humanismo desvergonzado, surgido por un lado de la tradición judeocristiana y, por el otro, del Renacimiento y del Cartesianismo, que convierte al hombre en dueño y señor absoluto de la creación.

"Tengo la sensación de que todas las tragedias que hemos vivido, en primer lugar con el colonialismo, luego con el fascismo y finalmente con los campos de exterminio, se inscriben, no en una lógica de oposición o de contradicción con ese supuesto humanismo que llevamos varios siglos practicando, sino que son, diría yo, su prolongación natural. Puesto que, de alguna manera, en un único impulso, el hombre ha empezado por trazar la frontera de sus derechos entre él y las otras especies vivas, y se ha visto luego empujado a traer esa frontera al interior de la especie humana, separando a categorias que se reconocen como las únicas que son verdaderamente humanas, de otras categorias, que sufren de este modo la misma degradación que había servido para discriminar entre especies vivas humanas y no humanas. Se trata de una auténtico pecado original que empuja a la humanidad hacia la autodestrucción.

"El respeto del hombre por el hombre no puede fundamentarse en ciertas cualidades particulares que la humanidad se atribuye a sí misma como propias y no compartidas, puesto que una fracción de la humanidad podrá siempre decidir que encarna esas cualidades de un modo más eminente que otras. Se debería más bien establecer como punto de partida una especie de humildad de principio; el hombre, partiendo del respeto de todas las formas de vida además de la suya se protegería del riesgo de no respetar todas las formas de vida dentro de la propia humanidad".


Sin embargo, lo curioso de la aportación del legado de Levi-Strauss al debate entre universalismo humanista y relativismo instercultural, es que este etnólogo, este hombre que estudiaba las culturas tribales amazónicas ya en los años treinta, cuando Europa se sumergía en la barbarie racista, la misma lógica que le excluiría por judio de Francia y le obligaría a emigrar a Estados Unidos y que veía en esas culturas indígenas algo parecido a la tendencia de los perros a mear para marcar territorio, lo curioso de su legado -decía- es que no da el más mínimo argumento al relativismo. Levi-Strauss, inspirándose del estructuralismo lingüístico, se esforzó en encontrar en las culturas autóctonas que estudió elementos comunes con la nuestra, algo así como un código elemental común a todas las culturas humanas, un común denominador más allá de las diferencias evidentes.

Piensen lo que piensen los etnólogos de hoy del esfuerzo titánico de este maestro por encontrar esa gramática de la civilización humana, creo que hay en esa tarea algo infinitamente más humanista que en la de negar a otros pueblos el derecho a su propia cultura en nombre del universalismo, que no es sino universalización de la cultura occidental.

Para terminar, no puedo resistirme a citar otra frase de Levi-Strauss que hace eco a algo que siempre he defendido, esta vez de 1991: "Les "sciences humaines" ne sont des sciences que par une flatteuse imposture", cuya traducción se me antoja difícil: "Las "ciencias humanas" no son ciencias más que por medio de un halago impostado" o "una halagadora impostura". En otras palabras, se llaman a sí mismas ciencias para creerse exactas. Yo mismo he sufrido, como investigador en ciernes, ese afán de exactitud científica en una ciencia tan poco científica como la geografía urbana. Creía entonces y sigo creyendo hoy que el afán científico de las materias humanistas sólo les puede hacer daño y alejarlas de su verdadero objetivo: entender al hombre, en toda su imperfección.

31.10.09

"La herencia del olvido" de Reyes Mate.

Quiero dejar aquí rápidamente constancia de lo mucho que me ha interesado el libro de Reyes Mate, último premio nacional de ensayo, "La herencia del olvido. Ensayos en torno a la razón compasiva". No soy un lector frecuente de ensayos y, desde luego no prentendo desde aquí ni analizar ni criticar este libro.


Quiero simplemente decir que me ha parecido que Reyes Mate toca con gran inteligencia varios elementos de lo que habría que llamar un zeitgeist contemporáneo. Su objetivo principal es abrir algunas líneas de reflexión sobre qué tipo de pensamiento puede sentar las bases de nuestra vida colectiva, ahora que el universalismo racionalista parece haber quedado desprestigiado por las barbaries del siglo XX y en particular por el holocausto. Personalmente, siempre he estado convencido de que hay un hilo conductor que lleva del racionalismo de la Ilustración hasta los campos de exterminio, pero nunca había leído un libro que intentara buscar alternativas.

Entre otras muchas cosas, Reyes Mate dice que uno de los problemas del concepto de progreso que hemos heredado del universalismo racionalista es que implica que habrá necesariamente víctimas en el camino hacia un mundo mejor. Al mirar hacia atrás, el presente, fruto de ese progreso, tiende a olvidar a esas víctimas y a quedarse con la parte de la Historia que han escrito los victoriosos, es decir con lo que ha sido, olvidando siempre lo que podía haber sido y no fue. Las esperanzas frustradas, el sufrimieno. Mate, siguiendo la senda de Walter Benjamin, reivindica la memoria de esas víctimas, pero no sólo para no repetir en el presente los errores del pasado (lo cual no implicaría más que una pequeña variación sobre el mismo concepto de progreso que intenta rechazar), sino sobre todo para que nuestra percepción del presente cambie; es decir, que nos consideremos herederos no sólo de los vencedores, sino también de los vencidos y que integremos el sufrimiento de estos últimos en nuestra visión de lo que hemos recibido en herencia.

Personalmente, me parece que toca una fibra muy característica de la sensibilidad contemporánea. La dificultad del debate contemporáneo sobre la memoria de la Guerra Civil radica en que seguimos manteniendo una cierta concepción selectiva de la memoria colectiva. En cierto sentido, parece como si la democracia triunfante quisiera hoy reivindicar sus raíces en el pasado pre-franquista y negar la herencia de la violencia. En realidad, lo lógico sería aceptar en herencia la propia violencia del conflicto, entender que todos nosotros somos hijos de la sangre derramada en ambos bandos. Para eso hay que hablar, investigar, recordar y sí, abrir tumbas, para poder escuchar la voz de las víctimas.


Reyes Mate va más allá y habla, de nuevo en la senda de Benjamin, de un objetivo de redención del sufrimiento de las víctimas, de una búsqueda de la "eternidad del momento" de su sufrimiento, para que, en cierto sentido, todo nos llegue, que veamos todo. En una última pirueta, Mate llega a considerar el sufrimiento como un modo de conocimiento, de aprehender las cosas, alternativo al razonamiento conceptual que ignora las particularidades en pos de la generalidad. El sufrimiento es, por definición, particular y el autor recurre a un testimonio particularmente emotivo del holocausto para darnos a entender que a través del sufrimiento se pueden entender cosas a las cuales ningún razonamiento nos puede acercar. De ahí se deriva la importancia de los testimonios, de los que la Historia siempre ha desconfiado tanto.

Como habrán podido entender, Rayes Mate recurre con frecuencia a conceptos religiosos extraídos de la tradición judeo-cristiana, como mesianismo o redención. La primera reacción de mucha gente sería pensar que no son argumentos realmente racionales, pero es que pensar en ese binomio racional/irracional (o místico) es precisamente una de las críticas que un autor como Reyes Mate podría hacer al pensamiento contemporáneo. Al que se acerque a este libro con un espíritu abierto , le puede aportar una visión refrescante de problemas contemporáneos.

Me dejo muchas cosas en el tintero, en particular una visión interesante que intenta escapar al actual binomio universalismo/relativismo. Sin embargo, no esperen de este libro una prognosis clara: sería mucho pedir de un texto tan teórico.

21.10.09

Claude Simon: "Les Géorgiques".


Acabo de terminar la lectura de mi segundo libro de Claude Simon, “Les Géorgiques” (traducido como "Las Geórgicas" en Seix Barral). Hace unos años descubrí a este autor a través de “La Route des Flandres” (traducido como “La Ruta de Flandes” en Lumen), maravilloso libro en el que relata su propia experiencia en la que los franceses llaman drôle de guerre (algo así como guerra tonta), esas pocas semanas durante las cuales un ejercito francés anticuado creyó poder enfrentarse a la formidable máquina de guerra de la Alemania nazi. Como Céline en la primera parte del “Viaje al final de la noche” (a propósito de la primera guerra mundial), Simon describe una guerra absurda, un enfrentamiento anónimo en el que el pobre soldado se siente desorientado y perdido.


“Les Géorgiques” es más ambicioso y más largo, pues narra tres momentos históricos distintos: las guerras de la incipiente República Francesa con las grandes potencias europeas a finales del siglo XVIII, aparentemente inspirado de la experiencia de un antepasado del autor; la Guerra civil Española, basada en la experiencia de Georges Orwell, que él mismo relató en “Homenaje a Cataluña”, y, de nuevo, la drôle de guerre, de manera muy similar a en “La Route des Flandres”, casi como si se tratara de una extensión de éste.

En la primera parte del libro, las tres épocas se mezclan sin solución de continuidad, de modo que el lector pasa del año III de la República a la Barcelona que se disputan anarquistas y comunistas sin que medie un punto y a la línea, simplemente pasando a una letra cursiva o algo más gruesa. Además, Simon no suele citar nombres ni es pródigo en detalles contextuales, por lo que muchas veces uno lee un pasaje sin saber a qué época pertenece. Por supuesto, es una lectura confusa y algo crispante, pero no dura mucho (65 pp.) y tiene la virtud de dejar claro desde el principio la intención del autor. Simon piensa que nada cambia, que su propia experiencia de guerra era, en cierto modo, equivalente a la de su antepasado o a la de Orwell. Sí, cambian los nombres y los lugares, pero a fin de cuentas la guerra siempre acaba siendo un tipo con un arma entre las manos, reducido a la condición de asesino en potencia o de carne de cañón, comiendo mal, durmiendo mal, soportando el calor asfixiante o el frío paralizador, sometido a la voluntad inescrutable de alguna inteligencia superior que da ordenes para que una entidad abstracta (una nación, un pueblo, una comunidad, una república…) o, peor aún, una abstracción en sí (el comunismo, la democracia, la anarquía…) pueda al fin tomar aquella ciudad, cruzar aquel río, que, de todas formas, se volverá a perder y a retomar, quizás no mañana ni en esa misma guerra, ni ese mismo siglo, pero algún día, ineluctablemente y, por supuesto, de la manera más estúpida.

Lo que Simon nos ilustra a través de este libro monumental y excesivo es, pues, la idea del eterno retorno, la negación de la idea misma de progreso. Los hombres no progresan, vuelven a cometer las mismas incomprensibles absurdidades una y otra vez. Por supuesto, esto es discutible, pero es lo que siente este hombre que se pasó semanas montado a un caballo, corriendo estúpidamente de un lado a otro, huyendo de un enemigo invisible y, por así decirlo, conceptual y pensando en su antepasado, que ciento cincuenta años antes, hacía exactamente lo mismo y estaba, sin querer admitirlo, tan desorientado como él.



Una vez pasada la primera parte, se suceden los capítulos dedicados uno a uno a las diferentes guerras, pero el autor se permite introducir de cuando en cuando pequeños incisos de otra época, como para iluminar lo que estamos leyendo con un paralelismo. En esas cuatrocientas páginas, la lectura se hace más fluida y, dependiendo de la inspiración del autor en cada fase o del grado de atención que ponga uno como lector, se pueden encontrar pasajes maravillosos, absolutamente esplendidos, que dejan en el paladar como un regusto de revelación. Hay que decir que la prosa de Simon es particular, que su modo de narrar es oblicuo, focalizado en detalles materiales e inclinado a la repetición. Todas las frases son largas, muy largas, hasta tres o cuatro páginas, llenas de relativas y de paréntesis dentro de otras paréntesis, de gerundios que se suceden para conformar a veces una narración factual que no se presenta como tal… No es fácil leer a Claude Simon, pero es un esfuerzo que se ve muchas veces ampliamente recompensado por una sensación potente, que te deja boquiabierto. En esos casos, leer la frase es como dejarse llevar por una corriente envolvente; otras veces, uno se pierde y no recuerda cuál es el sujeto y es como empantanarse en aguas movedizas.

Podría reprocharle a Simon (al que le daría totalmente igual mi opinión, incluso si estuviera vivo) que sobran muchos pasajes. Las cartas del antepasado, en particular, sobre los movimientos militares o las disposiciones sobre la gestión de su finca son a veces realmente extenuantes. Podría, pero lo cierto es que con un autor así, uno tiene la sensación de encontrarse ante un monstruo intransigente: él es así y no hace concesiones. Lo tomas o lo dejas.

Y yo lo tomo, porque el libro está repleto de pasajes magníficos: la descripción del general francés que se había cubierto de gloria durante la primera guerra mundial y reaparece en la segunda, como una momia salida de un sarcófago; la visita en el presente a la casa señorial y desvencijada, ocupada por un deficiente mental y una vieja a punto de morir que sólo piensa en ocultar que su antepasado había votado la decapitación del rey; las peripecias del grupo de ingleses que intentan salir, haciéndose pasar por turistas adinerados, de la España a la que habían venido a defender ideas nobles y olvidadas…

5.6.09

Leyendo "The New Yorker": Richard Ford, Foster Wallace, Colm Toibin, Tessa Hadley


Hace algunas semanas, comenté algunas lecturas de relatos clasicos del New Yorker. Esta vez me concentro en relatos recientes que he leído en la versión en papel que recibo, con la excepción de los de Cheever y Richard Ford.


"Reunion" de John Cheever (27 Octubre 1962) y "Reunion" de Richard Ford (15 de Mayo 2000)


"Reunion" es un relato cómico muy cortito, una sola página, de John Cheever, autor que ya comenté en el post anterior. Se trata de una broma sobre una temática seria que el autor toca en otras obras: la relación paterno-filial. El protagonista pasa una horas en Nueva York, donde queda en Central Station con su padre, al que no ha visto en muchos años y no volverá a ver nunca. Cuando nos esperamos una escena muy emocional, nos encontramos con una serie de incidentes provocados en bares y restaurantes por el padre, un energúmeno incontrolable que en sus trifulcas con los sucesivos camareros no deja un resquicio para el reencuentro.

Leí "Reunion" porque Richard Ford lo ha mencionado como uno de sus relatos preferidos de Cheever, una elección curiosa teniendo tanta obra magna entre la que elegir. Más tarde, entendí que Ford había incluso escrito un relato bajo el mismo título en claro homenaje a Cheever.Pero el principal punto en común es Central Station: el "Reunion" de Ford no es una broma. Caminando por la estación, el protagonista reconoce al marido de su ex-amante, que parece esperar la llegada de alguien. Empujado por un oscuro impulso, decide saludarle y hablar con él. Por supuesto, la conversación es incómoda y desagradable, pero el narrador aprovecha para contarnos la historía de su affaire con la mujer del sujeto.

Para cualquiera que haya leído a Ford, éste es territorio conocido, casi diría convencional. El amorío no fue pasional, sino más bien pasivo, algo que se hace sin realmente quererlo y sin saber por qué. Viéndolo con la perspectiva del tiempo, el protagonista entiende la insignificancia de toda la historia, su patética frivolidad. Ford escribe con elegancia, inteligencia y savoir faire, pero el relato está a mi gusto demasiado encorsetado en las convenciones de ese estilo literario que algunos llamaban realismo sucio y que la revista acogió amplimente en los ochenta. No hay sorpresas, sólo la patética consciencia de la futilidad de la vida moderna.


Es posible que el relato de Ford tenga un segundo nivel de lectura como homenaje al de Cheever. En el original, un encuentro que, según todas la convenciones narrativas, debería estar cargado de significado y trascendencia se convierte en una pantomima, en una escena cómica. En el de Ford, un encuentro típico de las convenciones cómicas acaba siendo insignificante y ligeramente humillante. Es la no-ficción, la vida misma, una visión de la literatura que consiste en plantar el escenario para un relato clásico y limitarse a aplanarlo, dejarlo discurrir como un río en la llanura.

Me gusta, no crean que no, pero en este caso me ha resultado previsible y convencional, la enésima repetición de una lección bien aprendida hace ya muchos años. Sé que en sus novelas Ford ha desarrollado otro registro, pero cuando vuelve al formato del relato recurre a los trucos de siempre, como un viejo prestidigitador.


"Wiggle Room" de David Foster Wallace (9 de Marzo 2009)



Como ya he comentado anteriormente, David Foster Wallace es un autor que me despierta sentimientos contradictorios. Por un lado, admiro su búsqueda, su inquietud intelectual, su aguda consciencia de la dificultad de innovar en un arte tan viejo como la literatura. Por el otro, sus respuestas, sus soluciones me resultan insatisfactorias, como trucos vistosos pero futiles.

En el mismo número de la revista en que aparecía este relato, se publicaba un largo artículo sobre el autor, casi una biografía condensada, la historia de un hombre en busca de una forma de narrar y la de un hombre que nunca supo convivir con su inestabilidad mental. Una historia triste. Leyéndolo comprendí que el primer insatisfecho con sus hallazgos narrativos era el propio autor, que también tendía a ver las soluciones que desplegaba en "Infinite Jest" como simples trucos. Cuando se suicidó llevaba años intentando acabar un libro que renunciase a esos trucos y diese con una fórmula distinta, más honesta, menos truculenta.

"Wiggle Room" es un extracto de ese libro inacabado, que sin duda se publicará tarde o temprano como tal. No hay interminables notas a pie de página, ni infinitas series de matices para cada afirmación, ni un cierre narrativo caprichoso. El relato se concentra en un hombre condenado a una tarea repetitiva que replica en el trabajo de cuello blanco las tareas de la producción en cadena que Chaplin parodió. Dado el atontamiento al que te somete ese tipo de tarea, estamos ante escenario perfecto para que Foster Wallace despliegue su arsenal de flujos de conciencia y de reflexiones sobre el lenguaje.

Es una lectura potente, aunque se siente que es parte de un conjunto más amplio y no tiene vida propia. Se concentra en una reflexión sobre el aburrimiento y en la posibilidad de que éste, gracias a su fuerza hipnótica, lleve a una especie de epifanía. Tras plantar el escenario y el tema, se introduce un personaje fantástico, una aparición enciclopédica que empieza a explicar la historia de la palabra aburrimiento. Finalmente, se vuelve al principio aunque con la sensación de que, quizás todo haya cambiado. Por tanto, es posible que el lenguaje, o más bien un uso consciente del lenguaje, tenga la capacidad de darnos ese deseado control sobre nuestras vidas que el autor nunca pareció conseguir.


"She's the one" de Tessa Hadley (23 de Marzo 2009) y "The color of shadows" de Colm Toibin (13 de Abril 2009)


Supongo que cada época tiene sus estilos y sus maestros hacia los que todos los demás escritores se giran para intentar atrapar algo así como un espíritu del tiempo, un estadio de la ficción en su larga historia. A su vez, dentro de ese amplio abánico, The New Yorker hace sus elecciones: sin duda Cheever marcó en los años cincuenta el estilo de mucha gente a través de la revista; del mismo modo, Raymond Carver fue un maestro del realismo sucio, ese estilo que contó con tantos seguidores en los ochenta.

El maestro que impera hoy en día sobre las publiaciones de ficción de la revista es, sin lugar a dudas, Alice Munro, que en 2008 llegó a a ser publicada hasta cinco veces. Su estilo es sencillo, directo y a la vez extremadamente sutil: la historia avanza casi sin que nos demos cuenta, parece que no pasa nada, pero un flujo subterráneo, casi inconsciente, se impone a través de una tensión latente en la propia prosa. Invariablemente, las historias acaban con una sensación de descubrimiento interno vivida con gran intensidad por parte del protagonista, generalmente provocada por la naturaleza.

Los relatos de Hadley y Toibin reflejan claramente su influencia. Y a eso, tengo poco que añadir. El final de "She's the one" quizás sea más evocador: la protagonista se ve obligada a buscar un pequeño anillo de oro en medio de un río, mojándose los pies y la ropa y en esa situación experimenta un despertar de los sentidos que parece deshacer de golpe todos los nudos que el relato nos ha ido exponiendo metodicamente. Para mí, en todo caso, estos relatos reflejan el imponente estatus que ha adquirido Munro, pero también que los grandes maestros siempre crean imitaciones banales.

En todo caso, según parece, hay que ser Munro para escribir como Munro. El resto, pálidos reflejos.

21.5.09

"Quemado por el sol": la vibración de la Historia.

No suelo ver dos veces la misma película.




Si no me ha gustado, por razones evidentes; si me ha gustado, porque temo que no me guste la segunda vez. He destrozado tantos buenos recuerdos viendo por segunda vez una película que ahora creo que prefiero los recuerdos. Es un poco como volver a los lugares de la infancia: uno siempre acaba decepcionado.

He hecho algunas excepciones ultimamente, por ahora con buena fortuna. El de "Quemado por el sol" (1994), de Nikita Mikhalkov es un caso ejemplar: recordaba una película delicada y sutil, emocionante sin ser sensiblera, brutal a ratos, una magnífica metáfora de la locura del estalinismo y en general del tiempo que pasa, de los cambios a los que la Historia arrastra a la gente. Pues bien, es exactamente eso. Una película magistral.

Si tenía mis dudas era en parte por el recorrido posterior del director. En particular, unos años después, Mikhalkov dirigió un auténtico bodrio llamado "El barbero de Siberia", una especie relato épico en tono sensiblero, con una vena nacionalista crispante. Vamos, una cosa insoportable. Recuerdo perfectamente salir del cine pensando que o me había equivocado de Mikhalkov, o "Quemado por el sol" no era tan buena como yo recordaba. Visto lo visto, da la impresión de que Mikhalkov intentó imitar el recorrido de Zhang Yimou, de autor de filigranas adoradas por los extranjeros a buque insignia del patriotismo folklórico. En la vida real, según parece, Mikhalkov es un nacionalista, amigo de Putin, que se ha metido a político y es diputado en el Parlamento de Moscú.


"Quemado por el sol", pues, es una de esas películas que consiguen mostrarte la Historia a través de personajes vivos. Es difícil encontrar películas así: por lo general, o la Historia sirve de simple trasfondo a un relato de personajes creíbles o toma tanto peso que los personajes pierden fuerza y credibilidad. Esto último le ocurría, por ejemplo, a Scorsese en "Gangs de Nueva York". En casos como "Quemado por el sol", se consigue que los personajes sean creíbles en sus matices individuales y, a la vez, simbolicen a todo un grupo social e histórico.

El protagonista es un héroe de la Revolución, interpretado por el propio Mikhalkov, un hombre nacido pobre que se ha hecho a sí mismo y se abrió paso en medio del formidable cambio que constituyó la Revolución de Octubre y la consiguiente Guerra Civil, que se ha casado con la joven heredera de una familia representativa del régimen precomunista, una de esas familias que no pueden evitar sentir nostalgia por ese mundo perdido. A un lado, la idolatria personalista, la cultura militar en todos los estamentos de la sociedad, la obediencia ciega y la uniformidad intelectual y nuevos deportes como el fútbol; al otro, el francés, la ópera, la filosofía, el cricket.


A pesar de esos choques culturales y políticos, el héroe revolucionario convive en harmonía con el mundo de su joven esposa, hasta que un joven ex-novio, un protegido del difunto padre, que habla francés y toca el piano, vuelve a la casa en una magnífica y estrafalaria secuencia de presentación. Símbolo de la nostalgia por la vitalidad y la libertad perdidas, el joven lo es también de las nuevas generaciones que Stalin hace crecer a sus pies para reemplazar a los viejos héroes que pueden hacerle sombra: estamos en los años 30, es la hora de las purgas. De hecho, el joven viene para llevarse al héroe a una muerte segura.

Símbolos, los personajes mantienen sin embargo una fuerte individualidad que nos empuja al afecto. El heroe revolucionario es humano y cercano; lleva su estatus de idolo con campechanería y quiere con locura a su mujer y su hija. El joven no es un burócrata ambicioso, es un hombre torturado por sus fracasos y sobre todo por la pérdida de su amor de infancia: ejecuta las órdenes sólo porque en realidad se trata de una venganza personal.


Con todo, el mayor acierto de la película es la niña, interpretada por la propia hija de Mikhalkov, una presencia luminosa y entrañable a lo largo de todo el metraje. Simboliza el futuro y el constante tira y afloja entre los dos hombres por ganarse su afecto sin herir sus sentimiento ni su sensibilidad es en realidad una lucha por el futuro, una lucha que ninguno de los dos va a ganar. Sólo Stalin gana, representado por un enorme cartel elevado por un globo que se alza grandioso al final del film, tras pasarse todo el metraje en preparación.

Durante largo rato, la película avanza sinuosamente en largas secuencias llenas de personajes y de diálogos cruzados, creando una sensación de vida y de profusión, pero poco a poco va concentrándose en el enfretamiento entre los dos hombres. Todo ello es de una sutilidad admirable, casi nada queda explicitamente enunciado y en ningún momento la película pierde su ritmo.

Una maravilla cinematográfica.